Pablo Moro nació un 20 de diciembre de
1978. No hay duda que venir al mundo sólo catorce días
después de la constitución y vivir veintitrés
años a la orilla de una estación de autobuses le
marca a uno el carácter. Estudió doce años
en un colegio de curas dominicos y fue descubriendo que el mundo
era más grande de lo que había pensado y que nadie
se quedaba ciego por hacer ciertas cosas. Y todo transcurrió tranquilamente
entre discos de su hermano, libros casi prohibidos y algún
que otro viaje. La duda y el miedo le hicieron optar por estudiar
Filología Hispánica cuando a él, como a
todos, le hubiera gustado ser astronauta o torero, o matar algún
torero o ser el primer el hombre que pudo volar por sí sólo.
Fue aprendiendo a molestar a los vecinos imitando a Sabina y
a Bob Dylan, y a Serrat y a los Stones y a Bowie y a todo el
que se pusiera por delante si traía canciones que valieran
la pena. Un día cogió un papel y pensó que
no estaría mal contarle a sus amigos lo que ellos mismos
le habían ido enseñando y nacieron las canciones
que aún sigue cantando cuando nadie le escucha, de noche,
porque la noche es el desván en el que sigue jugando como
un niño, buscando reconocerse en el espejo, esperando
que el teléfono suene y alguien le invite a seguir soñando...
Se ha pateado salas y pequeños teatros de toda España,
compartiendo escenario con gente como Quique González,
Burning o Melendi, consiguiendo reclutar un importante número
de fans.
Ya en el 2005 se mete en el estudio de grabación bajo
las ordenes de David Ferrero a grabar “emepetreses” lo
que es su debut discográfico con diez temas. Dicho trabajo
cuenta con la colaboración de su amigo Melendi, quien
canta a medias con él “María. En estos momentos
se encuentra inmerso en la promoción del disco y la gira
de presentación que afrontará en dos formatos,
uno en acústico y otro en eléctrico con banda.
CUESTIÓN DE PRINCIPIOS...
DE DUDAS, GAVIOTAS Y BILLETES DE AUTOBÚS
Mi infancia son recuerdos de un patio de autobuses, de un colegio
de curas decadente donde fui aprendiendo, poco a poco, las mil
y una maneras que existen para morder una manzana, cuando el
mundo era una bola luminosa que girábamos, inventando
un futuro demasiado lejano para ser nuestro.
Así que fui creciendo huyendo cada verano hasta el mar
del norte, pensando que detrás del horizonte estaba Inglaterra,
y maldiciendo, sentado en la misma playa de siempre, aquel inmenso
Septiembre que separaba nuestros labios.
Pronto aprendí que todas las ciudades tenían una
calle llamada Melancolía y que todos los mares eran el
mismo mar, que aún quedaban cosas por las que luchar y
que los tiempos tenían que seguir cambiando.
Una mañana desperté y descubrí que había
cien gaviotas anudadas en mi voz y que aquella era una buena
manera de intentar hacer el mundo un poco más habitable:
cogí seis cuerdas que me regalaron y me apunté a
la escuela de las dudas y a las lecturas obligatorias de mi hermano:
recorrí la ruta 66 con aquel par de chiflados y vi a los
mejores cerebros de mi generación, aquella de un 78 liberado,
con los ojos llenos de dudas esperando a que alguien les dijera
lo que había que hacer...aún los sigo viendo buscando,
siempre buscando...
Y todo fue tomando forma de humo, y el mundo dejaba de tener
sabor a regaliz y la noche era un salón donde reunirnos
y acostarnos juntos para vencer al miedo; en aquellos rincones
abríamos libros prohibidos y escuchábamos las voces
de los sabios, que eran también nuestras voces: así que
Bob Marley nos prestaba su papel de fumar y nos subíamos
en el caballo salvaje del rock n’ roll, drogándonos
con acordes imposibles, buscando las respuestas en el viento
o imaginando que nosotros también vivíamos en Alabama.
Después son todo imágenes que se entrelazan, carreteras
perdidas, playas que no existen, un puñado de viajes sin
rumbo y la certeza de que todo está aún por descubrir...
Y seguir haciendo canciones para huir, buscando en labios abiertos
las mentiras más hermosas, las ciudades invisibles y nuevos
recuerdos con que llenar el baúl de la memoria, buscando
en cada instante el secreto de la felicidad...
Por eso es bueno ser contaminado por los que dicen las cosas
que a uno le gustaría decir, que son las pequeñas
cosas las que merecen la pena, que cuando duermo contigo pienso
en todas y cuando beso a todas pienso en ti, que el paraíso
quedará desierto si no hay locos y borrachos que lo llenen,
que hay demasiada música para sentirnos solos...
Así que aquí estamos, pesando sobre el suelo, buscando
en los bolsillos la palabra exacta para saber quien somos, esperando
a que nos cojas de la mano y nos digas al oído que sabes
para que sirven nuestros sueños.
Enlace a la web oficial de Pablo Moro: Web
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